Recuerdos de Cuba

La isla más grande del Caribe, más conocida como el Lagarto del Caribe, vive una situación precaria debido al régimen dictatorial en el que se encuentra y al bloqueo norteamericano. Cuando uno oye mencionar el nombre de Cuba, lo primero que se le viene a la cabeza son las hermosas playas de arenas blancas, su gente amable bailando salsa. Y muchos vuelven de allí con esa misma impresión.
Sin embargo, cuando uno no va a Cuba a disfrutar de sus playas sino de sus gentes, de su vida y de sus historias a uno se le cae el alma a los pies al ver cómo viven y cómo algunos intentan llevar su situación lo mejor posible a tragos de ron o a ritmo de salsa cubana.
Un cubano cuando sonríe muestra felicidad, pero si te fijas bien en sus ojos lo que en realidad te estarán mostrando es una gran infelicidad. No pretendemos dar una imagen negativa de Cuba. Todo lo contrario. Pretendemos mostrar una realidad que se vive día a día y que a muchos de nosotros no nos llega porque hay ‘Alguien’ que no quiere que se conozca esa realidad. Pero es imposible ir a Cuba y no darse cuenta de lo que allí hay, del desánimo de sus gentes, de lo defraudada que se siente la mayor parte de la población. Lo cuentan unas fotografías hechas con unas cámaras de fotos que nada saben de política ni de regímenes.
Cuando se pisa por primera vez las calles de La Habana se hace con un poco de miedo si uno uno está acostumbrado a que la gente, sin conocerte de nada, se te arrime y te empiece a preguntar cosas. Las primeras preguntas suelen ser: ¿De dónde eres? ¿Cuánto tiempo vas a estar en Cuba? ¿Te gusta Cuba? …. Para después pasar al típico ofrecimiento de Habanos y Ron.
Para darse cuenta de cómo está La Habana hay que darse un paseo por las calles menos turísticas. A uno le miran raro cuando le ven por esas calles tan apartadas de lo que es el centro turístico. Te puedes encontrar un poco de todo: una mujer tirando agua desde el balcón de su terraza, el sonido de una alegre canción de salsa que inunda un rinconcito en la altura de un edificio, una tiendecita improvisada en la ventana de un bajo.
La vida en Cuba es tremendamente tranquila. No hay prisa por nada. Puede resultar desesperante ir a comer a un restaurante porque se lo toman con mucha calma, incluso para traerte la cuenta. Así son sus vidas, demasiado tranquilas y algunos ahogan sus penas con tragos de ron, ya desde las once de la mañana. Se puede también ver a gente asomada a los balcones de sus casas observando la gente que pasa. Son vidas exasperantemente tranquilas y, en realidad, no podría ser de otra manera porque así es la forma de ser del caribeño.
Como todas las ciudades, La Habana tiene su propio olor. Es difícil describirlo. Cuando uno pisa por primera vez suelo cubano nota que le cuesta un poco respirar. Parece que no haya oxígeno, el ambiente
está muy cargado, la humedad es elevadísima y a esto hay que sumarle un olor a comida siempre presente que viene de los muchos puestos o restaurantes que cocinan en la calle
Las calles de La Habana están completamente destrozadas. No hay dinero para arreglarlas. Existe un día de la semana, el domingo, que dedican a trabajos comunitarios en el que se junta la gente y arreglan calles o hacen otro tipo de actividad.
Algunos edificios de la época colonial están completamente en ruinas aunque aún conservan visibles vetigios de lo que han sido. La gente vive en estos edificios. No tienen más remedio. No pueden elegir. O eso, o estar en la calle mal viviendo. A muchas casas no llega el agua porque un día se produjo una rotura y no hay dinero para repararla. En las casas hay cucarachas y tampoco hay dinero para pintar las paredes. Sus casas son míseras pero los cubanos son unas personas muy hospitalarias y lo poco que tienen te lo ofrecen. Hasta te pueden ofrecer una fiesta en su casa con ron y salsa cubana para darte la bienvenida a su país, si llegas a entablar amistad con alguna familia.
El Malecón de La Habana es un lugar muy especial. Son muchas las historias que se pueden escuchar y adivinar en las caras de la gente tan sólo en una tarde de paseo. Basta con estar un rato allí sentado y observar la gente que pasa o está a tu alrededor. En seguida alguien se acerca, te pregunta algo y seguidamente te cuenta su historia familiar. O incluso, de la forma más inocente se puede comenzar una larga conversación con alguien que esté a tu lado. Porque en El Malecón de La Habana un extranjero nunca está solo o a uno nunca le dejan estar solo.. Lo más curioso es que, yo no sé por qué, todas estas historias se cuenta de espaldas al mar. También resulta curioso que el momento más íntimo de un habanero transcurre de frente al horizonte del mar, en El Malecón.
Tienen una forma muy especial de mirar al horizonte. Porque no miran al mar, como lo solemos hacer los que vivimos o hemos vivido en la costa. Los habaneros miran al horizonte. Pero no es una mirada fija en un punto. Es una mirada perdida, como buscando o escudriñando un horizonte más lejano. Y se percibe tristeza en ese momento porque es una mirada triste hacia algo inalcanzable, tremendamente lejano. Anhelo y tristeza en sus miradas.
Las historias que se cuentan en El Malecón son muchas, pero todas tienen dos denominadores comunes: todos o casi todos tienen un pariente en España y todos quieren salir de Cuba (eso no significa que quieran abandonar su tierra, ni mucho menos). Un escritor ávido de historias encontraría aquí una gran fuente de inspiración para una novela. Caminar desde un extremo del malecón (desde el castillo) hasta el Hotel Nacional daría para más de un libro.
La vida en La Habana es difícil en muchos sentidos: tienen poca comida, poco dinero, las calles están cada día peor y las casas en un estado pésimo para vivir.
Para comprar comida poseen unas cartillas de racionamiento muy limitadas. Con ellas van a las tiendas y compran lo poco que en ellas hay: leche en polvo, pollo, fruta, alguna que otra hortaliza y poco más. Los domingos por la mañana hay un gran mercado en el Barrio Chino muy pintoresco. Merece la pena ir a verlo. Casi no hay turistas y allí se ve la vida misma de los habaneros en su salsa.
Lo que se vende no es muy variado: montañas impresionantes de ristras de ajo, Vitanova (una especie de salsa de tomate muy común en Cuba), arroz al peso, una especie de pimientos pequeñitos, muchos plátanos verdes y frutas variadas. Está muy concurrido y es difícil avanzar entre la gente.
Los puestos de venta son improvisados en grandes y viejísimos camiones. Se paga en pesos cubanos.
Los sueldos en Cuba son tremendamente bajos y la gente se gana la vida como puede. Un médico gana unos 30€ al mes, mientras que un zapatero trabajando en la calle por su cuenta puede llegar a ganar 300€ al mes. Es un gran contraste pero es la realidad. Conocimos el caso de un hombre cuya mujer es enfermera y él zapatero en el portal de unas viviendas. Su sueldo, trabajando independientemente e “ilegal”, era muy superior que el de su mujer.
Es curioso. El gobierno cubano se preocupa por la educación, invierte dinero y así la enseñanza es buena. Pero una vez se sale de la universidad las posibilidades de trabajo son mínimas y los sueldos una vergüenza nacional. La mayoría de la gente que sale de la universidad les toca trabajar recogiendo productos en el campo.
En Cuba no son muy dados a hablar de política en la calle. Y mejor así. Como ejemplo de la opresión en la que viven se pueden señalar que en La Habana cada dos cuadras (como denominan ellos a las calles) hay un policía. La gente bromea contándole a los extranjeros que la mitad de los habitantes de La Habana son policías. Esto les resulta muy molesto (aunque esto hace de La Habana una de las ciudades más seguras del mundo). No hay robos. Si alguien roba a un turista el castigo inmediato es la cárcel. Entablamos amistad con cierta persona que,una vez convenientemente apartados de oídos ajenos, nos contó
ciertos detalles………..en Cuba no se puede hablar mal de Fidel Castro, de La Revolución ni del Régimen. Las consecuencias de esto, de nuevo, es la cárcel. “Si alguien critica el régimen en público, si al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente no aparece esa persona… de repente ha desaparecido.. todos sabemos dónde está: en la cárcel, sino otra cosa peor”_nos contó este amigo. No dábamos crédito a lo que oíamos. La idea que teníamos es que la gente de Cuba tenía a Fidel Castro en un pedestal. Eso es lo que nos quieren hacer creer. Tuvimos la oportunidad de oir a mucha gente hablar en contra de Castro y oímos como muchos están muy cansados de este régimen dictatorial en el que viven y tienen la esperanza de que algún día toda su situación cambie rotundamente.
Una de las cosas que caracteriza a La Habana son sus edificios de la época colonial. Pero la gran mayoría de ellos son una mera reminiscencia de lo que fueron años atrás. Han perdido su color y se caen a pedazos. Por dentro, la gran mayoría de las casas de La Habana son muy pobres, oscuras, sucias, pequeñas y con cucarachas. Conocimos por dentro una de ellas. Las condiciones en la que estaba, tanto por fuera como por dentro, eran pésimas.
La calle en la que estaba llevaba en obras más de un año. Se había producido una avería en una de las tuberías del agua y llevaban más de un año sin agua. La acera estaba totalmente levantada y entre los escombros, los niños jugaban a aplastar cucarachas con piedras.
La vivienda era de 2 plantas. La planta de abajo, de 35 metros cuadrados, albergaba la cocina con lo básico y una sala de estar con un viejo sofá bajo el que las cucarachas correteaban. No entraba luz de la calle, solo estaba iluminada la estancia con dos bombillas de muy baja potencia. La parte de arriba no la llegamos a ver, pero estaba el baño y la habitación donde dormían un matrimonio con sus dos hijas pequeñas.
Él, licenciado, trabajaba recogiendo fruta en el campo y ella de enfermera de un hospital. Para abastecerse de agua pasaban una manguera de su casa a la casa de enfrente.
Conocimos, sin embargo, la otra cara de la moneda. Visitamos la casa de un funcionario que trabajaba en El Capitolio. El aspecto de la casa era totalmente diferente de la primera casa que visitamos. No es que hubiese todo tipo de lujos, pero las necesidades básicas las tenían totalmente cubiertas: agua, gas, limpieza, mucha luz tanto interior como exterior…
Sin embargo, el matrimonio que vivía en esta casa, desgraciadamente no era feliz. Deseaban irse de Cuba y marcharse a Miami, donde vive actualmente su hija (con un hijo, divorciada y en una situación económica no muy buena). Ni siquiera pueden ir a verla, no les dejan entrar al país porque saben que una vez entren ya no regresarían a Cuba. Pero dentro de esa tristeza tienen ánimos para seguir viviendo. Nos llegaron a ofrecer una pequeña fiesta con música, ron y baile en su casa.
Nota: Este reportaje lo hicimos en noviembre del 2000, con material analógico que no hemos vuelto a procesar. Pero lo haremos porque merece la pena tener estas fotos a buena calidad. Pero sin duda, merece la pena el viaje, ese recuerdo es imborrable.
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